
–¿Sabe entonces quién le agredió?
–Desde el principio pensé que era alguien a quien le caía mal. Por mis ideas me insultan mucho por la calle y pueden haber sido moros, antifascistas o gente normal del cine o de la SGAE.
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Empujado por la curiosidad que le asalta a uno cuando ve que uno de cada dos libros que están leyendo los pasajeros del transporte público son el mismo (y por una curiosa apreciación de un amigo), decidí leer el best-seller Los hombres que no amaban a las mujeres (Stieg Larsson, Destino).
Al igual que Tanaka Ken, no esperaba nada; mi curiosidad se centraba únicamente en descubrir cuál era motivo que había empujado a tanta gente (ahora que yo iba a engordar esa lista) a leer ese libro en concreto.
Empecemos por reconocer rápidamente que, tras haberla leído, las razones que han llevado al éxito a la novela siguen siendo desconocidas para mí. La opinión que he oído repetida más veces entre amigos que la habían leído (o que se disponían a hacerlo) era que estaba bien escrita “a pesar de ser un best-seller”. Es cierto que hay libros que le ponen a uno los pelos de punta, otros que escasamente sirven para sostener tablones e incluso los hay que uno quisiera emplearlos de forma contundente contra su escritor (o mejor, a su editor). Los hombres… no entra dentro de esa categoría, del mismo modo que no es un libro que esté bien escrito. Porque si por escribir bien entendemos hacerlo correctamente, hasta ahí el traductor del original no ha descuidado su ortografía ni su sintaxis, mas cuando decimos “bien escrito” refiriéndonos a una novela (y los best-sellers lo son en no menor medida que cualquiera otra) lo hacemos en términos literarios. Y ahí no puedo estar de acuerdo: 665 páginas de logorrea sin una mala elipsis o un sobrentendido para alegrarnos un poco no justifican esa consideración.
Otra cosa hubiera sido que el libro fuese vulgar pero estuviera repleto de situaciones y personajes sorprendentes. Pero de nuevo no es así. Todo parece sacado de fórmulas vistas mil veces en las películas de (o con) psicópatas (en ese sentido imagino que la adaptación cinematográfica debió resultarles particularmente sencilla a sus guionistas) con el añadido de que todos los personajes que son “buenos” -y hay muy pocas comillas que poner en lo referente a la condición de buenos o malos de los personajes de la trama- se entienden a la perfección y enseguida se llevan bien. Luego viene el tema del sexo, naturalmente, el motivo que impulsa la violencia. No estamos frente a los tabúes de hace 100 años, pues el protagonista comparte mujer y la protagonista es medio lesbiana (“nunca le dedicó tiempo a reflexionar si era hetero, homo o, incluso, bisexual”), pero estos aparecen convenientemente sustituidos por el sadismo y el incesto.
Tal vez haya algo original en el personaje de Lisbeth Salander. Lo que pasa es que si vas a poner de protagonista a un personaje que es autista a tiempo parcial tendría más gracia que le hubieses dado la voz a ella en lugar de tener al narrador omnisciente explicando constantemente de qué manera la ve todo el mundo.
Todo sea dicho, si Larsson hubiera seguido mi consejo no habría vendido ni la cuarta parte de lo que ha vendido.
Visto lo visto, para mí, Larsson sigue habiendo sólo uno, Henrik.


Es una lástima que una decisión de post-producción arruine la mejor idea de dirección que contiene The Wrestler: la analogía que se traza en los sucesivas saltos al ruedo de los protagonistas (con la cámara siguiéndoles a su espalda).
Uno de los personajes de la portada es Gonzalo "Pipita" (buen apodo para un madridista) Higuaín -ese hombre que llegó a Madrid con el pelo rizado y tres temporadas en el noble y bélico adalid le han alisado el cabello-, pero el otro ¿quién es? A priori se trata de una reproducción en cera de un aborigen americano que sostiene un escudo del Atlético de Madrid. El titular reza: "El Kun Agüero sería un gran fichaje" ('los grandes jugadores juegan en los grandes clubes') . Más allá del habitual ninguneo madridista representado aquí por las declaraciones de Pipita, sospecho que el muñeco antropomórfico que posa al lado del ariete argentino-francés representa algo relacionado con el Atlético de Madrid. La palabra Kun cae justo debajo de la figura inerte. No es por ponerme semiótico, y a lo mejor soy un mal pensado, pero me han asaltado ideas como: indio, criollo, "negro de Banyoles", etc.
Los gallegos somos conservadores y españolistas. Esta es la sencilla razón que explica lo ocurrido ayer. No hay más. Bueno, sí; razones subsidiarias de la anterior. La lengua gallega nos la sopla. Tenemos una visión folclorista de la cultura, e infantil de la política. Somos cobardes, y cuando de casualidad tenemos la oportunidad de probar algo diferente y nuevo, concluimos: "No gracias, que vuelva lo de siempre". Sí, el nivel de la clase política es patético. Tenemos que elegir entre el tipo gris del partido que lleva torpedeando al nacionalismo desde los años 30, el tipo gris del partido que todavía no se ha enterado de que Galicia no es Cataluña, y el tipo gris del partido que se ha hecho experto en interpretar correctamente nuestro tan traído y llevado autoodio (por eso ha ganado, y con contundencia). Pero no nos engañemos desviando la atención hacia todos ellos. Como escribió John Kenneth Galbraith cuando quiso responder a quienes se rasgaban las vestiduras por las descabelladas decisiones políticas de Reagan y el primer Bush:
En principio no tiene ningún sentido malgastar 8 minutos del tiempo de uno, pero es que se trata de una de las peores canciones que le haya escuchado a un músico más o menos serio. No quiero decir que Springsteen no haya firmado horteradas (faltaría más) pero mezclar el I Was Made For Lovin' You de Kiss con el tema principal de Hasta que llegó su hora (Once Upon a Time in the West) de Morricone va unos pasos más allá.
Falto de inspiración como estoy, además de ocupado en otros menesteres, inauguro el año en este nuestro blog con un genuino "corta-y-pega". Se trata del artículo que Enric González publicó en El País el día en el que la selección española iba a disputar la final de la Eurocopa. Se titula El viejo y decía así:
Things fall apart -especially all the neat order of rules and laws. The way we look at the world is the way we really are. See it from a fair garden, everything looks cheerful. Climb to a higher plateau and youll see plunder and murder. Truth and beauty are in the eye of the beholder. I stopped trying to figure everything out a long time ago.